Imagen: Albert Pike (1809-1891)

CASERÍO DE LOS DUENDES

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El Caserío de Ondoso es hoy una ruinosa construcción cargada de historia y de viejas vivencias humanas. Sus laboriosos vecinos trabajaron para el Señor Marqués con el afán, devoción y sacrificio que predominaba en la época de su máximo esplendor.

Imagen: Parte posterior del caserio

Las familias que sobrevivían allí, al amparo que les marcaba el caserío, configuraban una pequeña aldea donde, todos los domingos y días de guardar, profesaban fiel religiosidad en la iglesia de Santa María de las Nieves.

Construido a finales del siglo XVII, perteneciente a la familia Cortés, el marquesado de Ondoso se ve rodeado de un pinar que le da nombre y que está ubicado en el término municipal de Aguasal, dentro de la provincia de Valladolid.

Habitado hasta la década de los 50 del pasado siglo, la leyenda que le otorga el sobrenombre de “El Caserío de los Duendes” se remonta a los años 30 del siglo XIX, aproximadamente por la misma época que Pedrajas (pueblo colindante con Aguasal) deja de pertenecer a la provincia de Segovia para integrarse en la provincia de Valladolid.

Imagen: Gran pino albar

Nadie sabe a ciencia cierta lo que realmente sucedió aquel martes once de octubre de 1831 cuando, bajo la copa de un centenario pino albar de tres metros de diámetro y casi 20 de alto, una joven pareja desapareció al anochecer sin dejar rastro alguno.

Durante varios años don Arsenio Benavides, hermano de la entonces marquesa y rector de la parroquia, se reunió con sus feligreses los días once de cada mes al pie del enorme pino, evocando religiosamente la pérdida de aquellos dos jóvenes enamorados desvanecidos inexplicablemente del lugar que les vio crecer.

Lucio Candelas, pastor ovejero del caserío y amigo de la joven pareja, siempre mantuvo la historia de haber visto un extraño ser de pequeña estatura, nariz alargada y unas cortas y peludas extremidades salir velozmente por la puerta trasera de la sacristía y dirigirse al pino albar para, una vez allí y como si de un fantasma se tratase, desaparecer a través de su tronco.

Nadie nunca le había dado mucha importancia a la historia de Lucio pues de todos era conocido que las largas jornadas pasadas en el campo, pastoreando con su rebaño, habían distorsionado notablemente su razonamiento debido a las “profundas” conversaciones que mantenía con los animales, especialmente con su fiel y cánido amigo Leo, o eso decían sus vecinos. Sin embargo, la historia del duende del pastor cobró especial relevancia a partir de aquel extraño suceso y con el tiempo se fraguó la leyenda del ahora renombrado como “El Caserío de los Duendes”.

Imagen: Parte posterior del caserio

Don Eugenio Sieteiglesias Sietecaminos fue el último guarda en cuidar las paredes, calles y caminos del burgo de Ondoso. Corría el año 1951 cuando las autoridades de la comarca, acompañadas de una pareja de la Benemérita de Pedrajas, el médico del pueblo de Aguasal y el notario de Olmedo, certificaron la incapacidad mental del guarda para seguir desempeñando sus tareas laborales, evitando de este modo que pudiera continuar con el usufructo y disfrute de todo el caserío, cortando de raíz el derecho que tenía a ello Don Eugenio de por vida según testaban las últimas voluntades del postrero Señor Marqués.

Tras un examen exhaustivo psicofísico realizado a Don Eugenio por el médico Don Buenaventura Cifuentes Cuellar se decidió inhabilitar al guarda bajo la sintomatología de “locura con delirios y paranoias peligrosas y violentas con alto riesgo de autolesiones”.

Don Eugenio siempre decía ver muchas noches corretear por el pinar a un ser de aspecto humano, provisto de unas delgadas extremidades inferiores con las rodillas invertidas y terminadas en una especie de pezuña divididas a su vez en dos partes y cada una de esas partes recubiertas en tu totalidad con una enorme y gruesa uña.

El último guarda del caserío de Ondoso siempre mantuvo que este ente se acercó una noche a su alcoba mientras dormía, y algo le hizo a su esposa que ya no volvió a respirar. Cuando se despertó, este ser ya salía corriendo de su cuarto llevándose de la mano lo que él pensó era su mujer aunque no podía ser, puesto que ella estaba reposada en la cama, a su lado, en el lugar de costumbre. Don Eugenio afirmó desde entonces y hasta el final de sus días que un duende se llevó la esencia de su adorada María y, con ella, una parte importante de su vida.

Imagen: Parte trasera del caserio 
                                      vista desde el Gran pino albar

Todo se hubiera quedado en el olvido del pasado de no ser por la última historia enigmática y misteriosa de la que se tiene conocimiento en este lugar, allá por el año 2005, casualmente el once de octubre. Varias parejas de jóvenes, unos veinte en total, eligieron el caserío, curiosamente la parte trasera de la iglesia, para celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Abastecidos de comida rápida y opípara bebida de alta graduación, se dispusieron a disfrutar de una inolvidable velada.

La noche fue animando la vergüenza perdida por la ingesta de alcohol y algunos bailoteaban al son de la música mientras otros retozaban entorno al calor de la hoguera. Los más intimistas, los menos, buscaron la complicidad de la luna, a la vera de un pino albar, a cierta distancia del grupo.

Imagen: Parte posterior del caserio

La fiesta se desarrollaba por los cauces normales y esperados hasta que alguien alertó a los demás con unos alaridos cargados de miedo, terror y angustia. Alarmados por los gritos el resto de jóvenes, los que aún no habían sucumbido al desarrollo del cumpleaños víctimas de algún exceso, se fueron acercando al reclamo y vieron a Manuel, de modo desesperado y con muchos aspavientos, que girando sobre sí mismo con las manos sobre su cabeza y mirando al cielo y a los demás, repetía una y otra vez - ¡Se la ha tragado! ¡Dios mío! ¡Se la ha tragado! ¡El hijo de p… del tronco se la ha tragado! ¡Cago en… la p… madre que lo parió! ¡Se la ha tragado! ¡Dios mío! ¡Se la ha tragado! ¡El hijo de p… del tronco se la ha tragado! –

Sin fuerzas, el desesperado adolescente claudicó frente al tronco del gran pino albar e hincando las rodillas en tierra y sentado sobre sus talones con ambas manos apoyadas en las rodillas, llorando desazonadamente, no dejó de evocar el nombre de Marisa.

Apenas asomaban los primeros rayos del sol de aquel fatídico martes y el caserío vestía un triste colorido de luces de sirenas de la guardia civil, policía local y ambulancia. Los jóvenes fueron interrogados en primera instancia antes de ser llevados al cuartel donde, autoridades superiores, se hicieron cargo de la investigación. Entrada la mañana muchos vecinos de los pueblos colindantes, junto a los representantes municipales, organizaron infructuosas batidas para buscar a la muchacha desaparecida de la que nunca jamás se ha vuelto a saber nada.

Imagen: Parte trasera del caserio 
                                      vista desde el Gran pino albar

Los más allegados a la familia de aquel joven cuentan que, en la planta undécima del Ala Oeste del Hospital Clínico Universitario de Valladolid, muchos días a altas horas de la madrugada Manuel se levanta alterado diciendo haber sido despertado por las burlonas risas, en su cara, de un extraño ser de tosca nariz y largas orejas puntiagudas, que siempre desaparece a través de la pared contigua a la habitación número once, o eso dicen las personas que visitan a Manuel.

Desde aquel año 2005, el gran pino albar de ondoso se ha convertido en un lugar de “culto” para las jóvenes y no tan jóvenes parejas en edad casadera. Todos los años, el once de octubre, se congregan innumerables personas conmemorando, de algún modo, los hechos ocurridos en la zona o, quizás, con la intención de ver algún extraño ser.

Aunque algunos dicen que allí ya no hay nada si es que alguna vez lo hubo y otros afirman, los más allegados, que el duende se ha mudado a la planta once del Hospital Universitario de Valladolid.

No te olvides, amigo lector, que la historia que aquí has leído es fruto de la imaginación, o eso dice su autor.


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Caserío de los duendes:

JCBaruque Hernández

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